Puede ser poner en marcha, aplicar energías que consigan que el mecanismo no se detenga, o vuelva a funcionar. O continuar con una charla, las más de las veces, cansina, pesada o delirante. O alargar distancias, permitir que el cabo pueda extenderse a mayor longitud respecto del origen. U ofrecer el objeto.
Damos cuerda a los relojes, a los pesados, a los peces que pican en la caña de pescar, a los que necesitan algo con lo que atar. ¿Son los mismos actos, los mismos objetos? No, claro. Pero lo decimos igual. El lenguaje es la auténtica carne de psiquiátrico, el eviscerador que destripa y luego recose ochos con ochentas, velocidad y tocino, el cirujano del caos, el matarife de esencias. La pulcritud del demente, lo soez del matemático, la belleza del airado, lo inefable del científico, lo delirante del amante; al lenguaje le debemos, démosle cuerda, que éste nos dé.
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on miércoles 9 de mayo de 2007
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Infrecuencias
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